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    viernes, 26 de diciembre de 2025

    ¿Estamos cumpliendo la misión? La pregunta incómoda que exige acción hoy

     

    ¿Estamos cumpliendo la misión?

    La pregunta incómoda que exige acción hoy

    Esta no es solo una pregunta incómoda. Tampoco es una frase retórica lanzada desde un púlpito para provocar silencio y cabezas inclinadas. Es una pregunta que debe incomodarnos lo suficiente como para movernos, sacarnos de la pasividad espiritual y llevarnos a la acción concreta.

    No se trata de reflexionar un momento y continuar con la rutina eclesiástica. Se trata de evaluar honestamente si la misión que Cristo nos confió está siendo vivida, encarnada y practicada en lo cotidiano. Porque una iglesia puede predicar bien, administrar mejor y aun así no estar cumpliendo la misión.

     

    La misión no es información, es compromiso

    En el ámbito académico existen innumerables libros, artículos, estadísticas y estudios sobre crecimiento de iglesia, estrategias misioneras y modelos evangelísticos. Todo eso es valioso, pero no es suficiente. La misión no se completa con información, sino con un compromiso genuino que nace del corazón transformado.

    David Bosch afirma que “la misión no es una actividad más de la iglesia, sino la expresión misma de su identidad” (Bosch, 2011, p. 372). Es decir, cuando la iglesia deja de vivir la misión, deja de ser iglesia en su sentido bíblico.

    El problema no es la falta de conocimiento. Muchos líderes y pastores saben perfectamente qué es la misión, pueden explicarla teológicamente y defenderla doctrinalmente. El verdadero desafío es que saber no es lo mismo que hacer.

     

    El riesgo del éxito sin misión

    Hoy es posible obtener excelentes resultados administrativos, templos llenos, transmisiones en vivo con buena audiencia y una presencia activa en redes sociales. Todo eso suma, pero no reemplaza la misión.

    Muchos líderes saben, en lo profundo, que por más elocuentes que sean sus sermones o eficientes sus gestiones, no están ganando almas para el Reino de los Cielos. Y la misión no puede tercerizarse ni delegarse como una función secundaria. No se trata de pagar para que otros lo hagan ni de dirigir la obra desde una oficina.

    Resulta imposible imaginar a Cristo revisando informes mientras otros salían a servir. Los evangelios nos muestran a Jesús en constante movimiento: sanando enfermos, enseñando en el camino, animando a los cansados, comiendo con pecadores, predicando desde una barca, caminando por aldeas y sentándose a la mesa de una casa.

    Cada lugar era una oportunidad. Cada encuentro, un momento misionero.

    Más allá del púlpito y de las pantallas

    La misión no se cumple únicamente desde el púlpito ni se agota en una transmisión en vivo. El testimonio digital puede ser una herramienta valiosa, pero no es el todo. Si has comenzado a compartir tu fe en redes sociales, eso es una semilla; buena, necesaria, pero incompleta si no va acompañada de una vida misionera tangible.

    Jesús mismo lo dejó claro en Mateo 25:35–36:

    “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (RVR1960).

    Este pasaje no habla de discursos ni de publicaciones. Habla de acciones concretas, de presencia, de cercanía, de compromiso personal. Nadie podrá decir en aquel día: “Señor, transmití muchas horas en vivo” o “doné dinero sin involucrarme”. La misión bíblica es encarnada, relacional y transformadora.

    Sembrar no es suficiente: hay que acompañar hasta el final

    Jesús habló del sembrador, pero nunca enseñó una misión incompleta. El agricultor no solo lanza la semilla; cultiva, riega, protege y espera la cosecha. De la misma manera, la misión no termina cuando alguien escucha el mensaje.

    No podemos ser solo sembradores ocasionales. Es necesario acompañar el proceso, caminar con las personas, discipularlas, mentorearlas y sostenerlas hasta que tomen la decisión consciente de seguir a Cristo. Abandonar a las personas después del primer contacto es dejarlas a su suerte espiritual.

    Ellen G. White escribió:
    “La obra del evangelio no se completa con la conversión; apenas comienza” (White, 1915/2005, p. 91).

     

    La misión es una obra completa y colectiva

    La misión en la Biblia es una labor integral que requiere la dirección del Espíritu Santo y la cooperación humana. Nadie trabaja una viña solo. Cristo habló constantemente del trabajo en equipo. Escogió a doce hombres comunes, sin formación teológica formal, y confió en que el Espíritu Santo transformaría sus vidas para que su testimonio convenciera al mundo.

    Jesús oró:

    “Para que todos sean uno… para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:21).

    La unidad no es un lujo eclesiástico; es una estrategia misionera divina. La verdad no se impone solo con argumentos, sino con una comunidad que vive lo que predica.

     

    La verdad es progresiva y Dios completa la obra

    La misión no exige perfección doctrinal inmediata ni conocimiento absoluto. La verdad es progresiva, el crecimiento espiritual es un proceso y los frutos maduran a ritmos distintos. Algunos responden rápido; otros necesitan tiempo, acompañamiento y paciencia.

    Lo esencial es no abandonar el proceso, porque Dios es quien completa la obra (Filipenses 1:6). Nuestra tarea es ser fieles, constantes y disponibles.

     

    Un llamado final: volver a la misión viva

    Hoy la misión nos llama a salir, a involucrarnos, a ensuciarnos las manos con la realidad humana. Nos invita a dejar la comodidad del templo y llevar el evangelio al camino, a la mesa, al hogar, al hospital, al trabajo y al corazón herido.

    No basta con hablar de misión. Hay que vivirla.
    No basta con saber. Hay que hacer.
    No basta con sembrar. Hay que acompañar hasta la cosecha.

    Que el Espíritu Santo vuelva a encender en nosotros el fuego misionero, no como un programa más, sino como un estilo de vida que refleje a Cristo en cada paso.

    Notas

    1. Bosch, D. J. (2011). Transforming Mission (p. 372). Orbis Books.
    2. White, E. G. (2005). El Ministerio de Curación (p. 91). Asociación Casa Editora Sudamericana. (Obra original publicada en 1915)
    3. Wright, C. J. H. (2006). The Mission of God (pp. 62–65). IVP Academic.
    4. Escobar, S. (2003). La misión cristiana contemporánea (p. 118). Ediciones Kairós.
    5. Guder, D. L. (2015). Missional Church (p. 83). Eerdmans.

    Bibliografía

    Libros
    Bosch, D. J. (2011). Transforming Mission. Orbis Books.
    White, E. G. (2005).
    El Ministerio de Curación. ACES.
    White, E. G. (2009). Servicio Cristiano.
    ACES.
    Wright, C. J. H. (2006). The Mission of God. IVP Academic.
    Escobar, S. (2003). La misión cristiana contemporánea. Kairós.
    McGavran, D. (1990). Understanding Church Growth. Eerdmans.
    Guder, D. L. (2015). Missional Church. Eerdmans.
    Winter, R. D. (1999). Perspectives on the World Christian Movement.
    William Carey Library.

    Artículos de revistas indexadas

    1. Trim, D. (2018). Adventist Mission in Global Perspective. Journal of Adventist Mission Studies, 14(2), 5–22.
    2. Dudley, R. (2015). Why Growth Is Not Enough. Journal of Adventist Mission Studies, 11(1), 23–39.
    3. Knight, G. (2013). Mission and Identity in Adventism. Andrews University Seminary Studies, 51(2), 189–204.
    4. Schwarz, C. (2016). Mission Beyond Programs. International Review of Mission, 105(2), 245–258.
    5. Van Engen, C. (2010). The Church as God’s Missionary People. Missiology, 38(1), 21–34.
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