8 de septiembre de 2026 — 6:40 p. m.
El sol ya se había puesto.
Después de un arduo día de trabajo, caminaba rumbo a la iglesia. La avenida estaba llena de movimiento: autos que iban y venían, conductores apurados, tráfico, bocinas y personas concentradas en llegar a su destino.
Pero yo caminaba a otro ritmo.
Mientras avanzaba, conversaba con Dios.
Había preguntas que daban vueltas en mi mente. Algunas preocupaciones habían aparecido durante el día y, entre ellas, una pregunta que ya me había hecho otras veces:
“Señor, ¿dónde estaré el próximo año? ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Qué haré después? ¿Hacia dónde me llevarás?”
El viento soplaba y una brisa fría recorría la avenida. Poco a poco, una suave llovizna comenzó a acompañar mi caminar. Sentía el frío en el rostro, pero mi atención estaba puesta en aquella conversación silenciosa con Dios.
Le pedía una respuesta.
Le pedía una señal.
Mientras esperaba, seguí caminando y observando lo que ocurría a mi alrededor. Los autos pasaban rápidamente. Algunos conductores parecían estresados por el tráfico. Otros manejaban de una manera que me llamaba la atención; algunos doblaban sin colocar las direccionales y hasta vi uno que avanzaba con las luces principales apagadas.
Pero, en medio de todo aquello, me di cuenta de algo:
estaba mirando demasiado lo que ocurría a mi alrededor y muy poco lo que Dios estaba haciendo conmigo.
Entonces levanté la mirada.
La brisa fresca y aquella llovizna que al principio solo había sentido como frío estaban refrescando mi rostro. Las pequeñas gotas caían lentamente y, al atravesar la luz de un poste, parecían pequeños destellos suspendidos en el aire.
Me quedé contemplándolas.
Y entonces recordé.
Ya había estado en un escenario parecido.
Años atrás, cuando era más joven y todavía conocía muy poco de la vida, también había caminado con el corazón afligido. También había levantado la mirada al cielo. También había preguntado:
“Señor, ¿dónde estaré el próximo año?”
Aquella vez el viento corría con más fuerza y la lluvia era mucho más intensa. Yo esperaba una respuesta y quería que Dios me respondiera de una determinada manera.
Pero Dios no respondió como yo esperaba.
Respondió mucho mejor.
Hoy, tantos años después, puedo mirar hacia atrás y reconocer que, aun cuando no entendía lo que estaba sucediendo, Dios nunca me abandonó.
Estuvo allí.
Me cuidó.
Me sostuvo.
Me llevó por caminos que yo no habría elegido y me enseñó cosas que jamás habría aprendido de otra manera.
Y aquella noche, mientras caminaba nuevamente hacia la iglesia, entendí que quizá no necesitaba una gran señal.
Tal vez ya tenía suficiente evidencia.
Cada gota que caía lentamente sobre mi rostro era como un beso de Dios.
La brisa fresca era el abrazo que necesitaba.
Y mientras seguía caminando, dejé de pedir explicaciones y simplemente comencé a agradecer.
“Gracias, Dios. Gracias. Muchas gracias.”
Puse todo el peso que llevaba en las manos de Aquel que nunca me había abandonado.
Ni en los momentos más difíciles.
Ni cuando no entendía.
Ni cuando mis planes no salían como esperaba.
Ni cuando tenía miedo del futuro.
Él siempre estuvo allí.
Aquella noche no recibí un mapa de mi futuro.
Recibí algo mucho más profundo:
la certeza de que, si Dios había estado conmigo hasta aquí, también estaría conmigo en lo que viene.
Y continué caminando.
La iglesia estaba adelante.
El futuro todavía era incierto.
Pero mi corazón ya estaba en paz.
Porque yo no necesitaba saber exactamente dónde estaría el próximo año. Solo necesitaba recordar quién caminaría conmigo hasta allí.
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